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Artículo de opinión ·

Desde siempre aprendí y he pensado que la carrera académica es una carrera en ascenso, que entre más pretendas avanzar, más difícil resulta el camino, pero más arriba del conocimiento te lleva. Y aquí lo difícil no debe asimilarse a tedioso o escabroso, sino al reto de implicarse cada vez más en el conocimiento validado por la comunidad de científicos y profesionales de cada área, que implica pensar con mayor rigor las cosas, analizar con mayor acierto la realidad y proponer mejores alternativas a la solución de los problemas, tanto prácticos como teóricos.

En ese sentido, pasar del bachillerato a la Universidad, y luego, del pregrado a la Maestría o de esta al Doctorado, siempre implicó, al menos para mí, suponer un monto de esfuerzo adicional al que me había significado el nivel anterior; y dicho reto era apasionante, en el sentido de todo lo nuevo que podría aprender y de poner a prueba mis capacidades.

Esa exigencia la aprendí de mis profesores del pregrado hace tres décadas, época en la que alcanzar un título de posgrado no era necesario para tener el reconocimiento de una trayectoria y un esfuerzo académico extraordinario. Algunos de mis mejores docentes, incluso, no tenían un posgrado, pero su disciplina académica, representada en altos niveles de lectura y escritura, los hacía brillantes y también hacía entendible su exigencia para con los estudiantes.

Por ese entonces visitaron nuestro programa de psicología algunos académicos alemanes y con cierta perplejidad preguntaban: “¿y ustedes qué dejan para estudiar en un posgrado?”, refiriéndose a la intensidad y profundidad del pénsum que teníamos, pensado para que saliéramos competentes en el ejercicio profesional.

En días recientes, desempolvando mi tesis de pregrado (en aquella época aún se les podía llamar así) para trabajar un tema de clase con mis estudiantes, me reencontré con un documento de 216 páginas, con extensos desarrollos teóricos, metodológicos y técnicos y, aunque con limitados alcances dado el nivel de formación, se me hacían interesantemente arriesgados y ambiciosos, basado en el riguroso análisis de los datos. Fue allí donde pensé: ¡este producto bien podría pasar hoy como una tesis de maestría!

En el proceso de formación aprendí la diferencia entre formación investigativa (pregrado), investigación formativa (maestría) e investigación propiamente dicha (doctorado) y que solo en este último nivel se debía hablar propiamente de tesis, al referirse a los proyectos de investigación de los estudiantes. No obstante, este panorama parece irse transformando hacia lo que yo denomino una educación “light”, donde se relativiza cada vez más el nivel de exigencia y se bajan los límites de los alcances investigativos en cada nivel de formación.

De pronto, se consideró que el nivel de pregrado no podía ser tan ambicioso en los alcances de formación y se comenzaron a reducir el número de semestres; después, se unificó la formación de base disciplinar y se exigió unos mínimos para obtener el título que, saturaron la formación de introducciones básicas de todo sin terminar profundizando en casi nada. Finalmente, se llegó a la conclusión que en ese nivel no se trataba de formar investigadores y, por tanto, los trabajos de grado no correspondían a tesis y deberían diversificarse, optando por sistematización de prácticas, pasantías o diplomados, entre otros.

Se legitimó entonces la insuficiencia del pregrado y la necesidad de los posgrados para poder ejercer de manera competente la profesión. También en las maestrías se ha optado por reducir el tiempo de duración y alivianar las expectativas del trabajo de grado con la idea que es en el doctorado donde se hace investigación científica. Muchos de esos trabajos de grado no pasan de ser reducidas aproximaciones teóricas con limitados alcances en sus conclusiones.

Finalmente, el doctorado también se ha permeado de la cultura de lo breve y rápido, algunos ya duran menos de tres años, ni siquiera exigen el nivel de maestría como requisito y, aunque se insiste en la centralidad de la tesis, sorprenden algunas investigaciones que bien pudieran considerarse vergonzantes para un doctorando. Entre los argumentos que aparecen ahora son: que la tesis es apenas un comienzo en un largo proceso de investigación, por lo que no debería constituirse en un hito de tanta trascendencia, o que los verdaderos resultados de una investigación propiamente dicha, de autoría propia, se podrán ver realmente en un posdoctorado.

Sin desembocar en que todo pasado fue mejor, se hace necesario reconocer que me cuesta atestiguar el cada vez menos compromiso de los estudiantes con su formación en todos los niveles: la ley del menor esfuerzo, donde lo más importante es titularse antes que aprender, de hacerlo lo más rápido posible, con enormes dificultades para leer, desarrollar verdaderos debates académicos en el aula de clase o encontrarse con otros para realizar un trabajo realmente grupal y no la suma de trabajos aislados realizados por separado y que se pegan sin ninguna articulación o discusión. Sin embargo, van en aumento las acreditaciones de alta calidad de programas e instituciones y proliferan los lauros en las todavía pocas tesis doctorales. No dudo que algunos lo merezcan, lo que me preocupa es si la medición que se utiliza para otorgarlos ha ido bajando sus parámetros.

Nos interrogamos entonces por la clase de educación que estamos brindando en todos los niveles, pero especialmente en la educación superior, pues la pregunta que queda es por la calidad de profesionales y personas que estamos entregando a la sociedad. Hace algunas décadas nos preguntábamos ¿qué era lo superior en la educación universitaria?, ahora me pregunto, ¿cuál será el límite inferior al que pensamos llevar la educación superior?

Norman Darío Moreno Carmona, Ph.D.

Profesor Titular Facultad de Ciencias Humanas y Sociales

Editor de la Revista Guillermo de Ockham

https://orcid.org/0000-0002-8216-2569

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